
A nadie le es ajeno que Pep Guardiola se siente profundamente agradecido a Joan Laporta y sus directivos por la apuesta que hicieron por él y la gran oportunidad que le dieron. Tampoco se le ha olvidado a nadie el gran proyecto deportivo que el ex presidente del FC Barcelona llevó a cabo durante los siete años que duró su mandato. Y a nadie se le escapa, imagino, que a Laporta y Guardiola les une más que una simple relación de jefe-empleado. Por todo ello es comprensible que el actual entrenador del Barça sienta cierta estima por su anterior patrón y amigo. Sin embargo, la defensa a ultranza que realizó Guardiola sobre la situación de Laporta en relación a la demanda de responsabilidad que ha sufrido por unos supuestos tejemanejes con las arcas de la entidad me parece sorprendente e incomprensible.
Al entrenador blaugrana le hemos escuchado muchas veces decir que el Barça está por encima de todo y de todos. De hecho, siempre que se especula sobre su posible marcha del banquillo, utiliza el argumento de que lo importante es el club y no los sujetos que lo componen. Pero por lo que se ve, cuando se trata de un amigo personal parece olvidarse de los valores que defiende habitualmente y antepone sus sentimientos al bien del club. Y no sólo se equivoca en el hecho de defender lo indefendible, sino que la argumentación que utiliza carece de sentido.

Me he parado a pensar en la reflexión que plantea 

