
Recuerdo que cuando era un criajo soñaba con ser delantero centro. Con marcar muchos goles. Me pasaba horas y horas ensayando posibles celebraciones. Me gustaba el avión que caracterizó a Ronaldo en el Barcelona o el inconfundible gesto de Luis Enrique al marcar defendiendo también los colores blaugrana. También el arquero de Kiko Narváez me llamaba muchísimo la atención. Eran días en los que, a pesar de ser diestro, quería lanzar las faltas como Roberto Carlos ante Francia, centrar como Figo y rematar como nadie lo había hecho hasta la fecha. La ilusión se desbordaba cuando minutos antes de cada partido sabía si sería o no titular. Y, por ende, tratar de conseguir la más preciada de las zamarras: la del ‘9’.
A pesar de llegar a considerarme algún día ambidiestro tras muchas horas de sacrificio, un servidor también era carne de banquillo. Los titulares lucían en su espalda los dorsales del 1 al 11. Los suplentes, del 12 al que tocase. Recuerdo que no me gustaban dorsales como el mencionado 12. Lo asociaba a ser defensa, y no entendía como Henry lo llevaba con tanta fidelidad con Francia. Otro de los números que detestaba era el 16. Típico de suplente. Habitual dorsal que nadie quería y que a veces me tenía que tragar con patatas. Salir con el 16 en la espalda me incomodaba. Un delantero como yo debía lucir un dorsal acorde. Y si no podía ser el 9, trataba de arrebatar el 19. Con el ‘9’ me sentía Ronaldo, me sentía importante. El killer del equipo.



