Mediados de los años 50. Varios hombres trabajan en torno a una mesa. Uno de ellos es el arquitecto Francesc Mitjans Miró, a quien el Fútbol Club Barcelona ha encargado que proyecte el nuevo estadio; concretamente, es una petición de su primo Francesc Mirón-Sans, presidente del club catalán. Junto a Mitjans, entre otros, Josep Soteras i Mauri y Lorenzo García Barbón, sus ayudantes. Se aplican concienzudamente en estudiar la construcción y fabricar la maqueta de un campo que, hasta el momento, nunca admitió apellidos.
Conversan y comparten sus puntos de vista bajo el techo de una vieja casa rural adquirida por el club junto a los terrenos donde se levantaría el nuevo campo. Puede que todos ellos soñaran con hacer de aquella maqueta que recién comenzaban a diseñar, de aquel gran estadio a pequeña escala que aún era un boceto, un auténtico templo blaugrana. Pero ninguno de ellos imaginaba entonces que ese suelo que pisaban, La Masia de Can Planes, sobre el que engendraban el futuro Camp Nou, iba a ser la cuna de sus futuros futbolistas; aún menos, de varios campeones del mundo con el Barcelona y con la Selección Española y, ¡qué pibe!, de un niño argentino con problemas de crecimiento que, con poco más de 20 años, sería considerado el mejor jugador del planeta.

La prensa deportiva de este país coincide de forma unánime en que bajo el césped de Old Trafford quedó sepultada definitivamente ayer la secuela fallida del Dream Team. Agridulce recorrido de un equipo que pasará a la historia del Barcelona pero del que se esperaban muchos más frutos. Paralelismo incuestionable con el “Madrid galáctico”. Equipos con futbolistas maravillosos, destinados a dominar con mano férrea Europa. Pero que tras inicios cegadores se deshicieron como madera carcomida. Dos “coitus interruptus” en la historia del fútbol español.

