En Madrid, suspiros de alivio. En Valencia, rabia incontenida. Así dejó la noche del jueves el duelo fratricida de cuartos de final de la Europa League en ambas ciudades. Lo de que el fútbol te da y te quita destiló en su máximo esplendor anoche en el Vicente Calderón. Un encuentro que dejó las expectativas creadas por el piso, que echó de menos algo de intención tanto por uno como por otro bando; una pelea por estar en unas semifinales europeas que terminó con el silencio de un silbato que nunca sonó como gran protagonista.
La camiseta de Zigic no deja lugar a dudas. Hubo agarrón dentro del área, sí. Hubo, en consecuencia, un penalti. El único que no lo vio fue Florian Meyer, un tipo al que ayer se le encomendó la tarea de arbitrar el Atlético-Valencia y que obvió, posiblemente, el agarrón más clamoroso de la historia del fútbol. Hiperbólicas frases aparte, el colegiado, como ser humano común, se perdió una jugada que pudo haber decantado la balanza. Es cierto que el Valencia no estará en semifinales y que hoy los hinchas culpan al hasta ayer archidesconocido trencilla alemán, pero también lo es que durante los minutos anteriores a la pena máxima no señalada los futbolistas valencianistas apenas inquietaron la portería de De Gea.



