
Estaba en clase de matemáticas rodeado de números, acompañado de teoremas y envuelto en ecuaciones. Eché un vistazo alrededor y comprobé que mis compañeros tenían la misma cara de desconcierto ante lo que contaba la profesora en la pizarra. No sé si ellos estaban pensando lo mismo que yo, sospechaba que sí en el caso de muchos. Miré el reloj, sólo faltaban diez minutos para que sonase la campana y diera comienzo el recreo, ese pequeño mundo de media hora de diversión donde olvidarte por un momento de los libros y los cuadernos y que supongo que hoy equivale a la máquina del café. Ese día era importante, pues nos tocaba jugar en nuestra pequeña liga de campeones escolar, donde competía lo más granado y no tanto de los últimos cursos de la EGB.
Para evitar los Barcelona-BATE o los Real Madrid-Otelul Galati se mezclaba el alumnado de los distintos cursos en un sistema de voto sin aparente mano negra ni favoritismo mediático. Toda vez conocidos los capitanes, los alumnos de los cursos más avanzados eran cabezas de serie y lógicamente los primeros en ser elegidos. Era lo suyo. Los de mi clase aspirábamos a ser el jugador revelación y a dar la sorpresa, pero la misión principal era coger el balón y dársela a los mayores. Con diez años y ya eran tiempos difíciles. Un sólo año de edad de más podía marcar la diferencia, que pasado el tiempo puedes vislumbrar como algo más psicológico que físico o técnico, pero jugar con los mayores era a la vez un privilegio y una responsabilidad.





