
Enrique Cerezo guarda afinidad con Lily la chilenita, la camarada Arlette, madame Robert Arnoux, Mrs. Richardson o Kuriko, como prefieran, oséase Otilia, la niña mala de Mario Vargas Llosa. Y es que cada vez que habla, en el fondo, sabemos que muy probablemente está mintiendo. La gran diferencia, lo realmente grave, es que a Cerezo no le hace falta cambiar de identidad para tomar el pelo a los atléticos. Y eso que los colchoneros han dejado de parecerse al Ricardo Somocurcio de turno, pero ninguna ley impide a este productor de cine, a este singular Rompetechos de carne y hueso, a este Groucho Marx en potencia que siempre anda jugando a hacerse el despistado, burlarse una y otra vez de la afición del Atlético de Madrid.
El consejo de administración, consciente de que Cerezo ridiculiza al club públicamente con sus sutilezas, pretende condicionar su presencia ante los medios y, con esta intención, ha designado dos nuevos comunicadores —José Luis Pérez Caminero y Rafael Alique— para que el presidente no la pifie más con sus palabras. Como si ese aire chocarrero que Cerezo desprende de forma tan natural pudiese limitarse desde un despacho. Como si a sus mamarrachadas pudiese ponérseles freno con decisiones lógicas. Ja. Cerezo fue nada menos que escudero de Don Jesús Gil y Gil. Y ahora, a su manera, tiene la lengua suelta; no cargada de veneno como la de una víbora —como pueda tenerla Hugo Chávez, por poner un ejemplo— pero sí pérfida como la de un sirviente correveidile.

Es muy dada la afición colchonera a tirar de esperanza cuando vienen mal dadas. Llevan años pidiendo el fin de los giles y cerezos y ahí siguen, dando color al Vicente Calderón cada quince días y perfumando con su olor una esencia incapaz de morir a pesar de lo que ocurra en el terreno de juego y, sobre todo, en los despachos. Es muy probable que el que siga pagando los platos rotos después del enésimo sinsabor sea Quique Flores, un entrenador que debería gozar de un crédito muy elevado después de devolver a las vitrinas del club, hace menos de un año, los laureles de antaño. Los proyectos en el Manzanares duran menos que en cualquier otro lugar y, gran culpa de que así sea la tienen los que manejan los hilos.
En poco más de tres meses, Quique Sánchez Flores se ha visto varias veces obligado a pedir disculpas a la afición del Atlético de Madrid. Cualquiera diría que le contrataron para ello. Este domingo, tras la pésima imagen que sus jugadores ofrecieron 

