
No cabe duda que el descenso del Villarreal ha sido el más sonoro de los producidos esta temporada en la Liga BBVA. Nadie a principio de temporada, cuando el equipo amarillo se disponía a pelear por la Champions League, imaginaba tamaño desenlace, pero el fútbol tiene estos designios y la derrota a manos del Atlético ha puesto punto y final a un periplo por la máxima categoría que le ha llevado en las últimas temporadas a transitar por la zona noble de la clasificación sin apuros.
Lo de esta temporada, no obstante, ha sido excepcional. Se marchó Cazorla, se lesionaron dos de sus jugones —Nilmar y Rossi— pasaron hasta tres entrenadores por el banquillo de El Madrigal. Así es complicado sobrevivir. Mas cuando se pierde la seña de identidad futbolística. Lo peor del descenso del Villarreal no es que baje a Segunda, sino que a la vez arrastre a Segunda B a su filial, que actualmente ocupa una meritoria decimotercera posición en la Liga Adelante.




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Por increíble que parezca, en la 25ª jornada de la Segunda división sólo uno de los primeros quince clasificados ha logrado vencer. Lo ha hecho el Huesca —décimo en la tabla, nada menos— por 0-1 en casa del Gimnástic de Tarragona. Del resto, nueve han empatado y cinco han perdido, unos números que hablan de la dificultad que entraña la categoría de plata de nuestro fútbol. 



