Para poder votar este post tienes que identificarte o registrarte aquí.
Para votar este post conéctate con Facebook
Connect
Estaba a escasos metros de George Square, coqueta plaza del centro de Glasgow. Era un pequeño rincón de España, una esquina de Andalucía, un oasis para esos estómagos castigados por la difícil cocina escocesa, que no por ello mala, ni muchísimo menos. Se llamaba el Café Andaluz, aunque de café realmente tenía poco. No era un local excesivamente grande, pero más que llamativo, sobre todo para el sevillano que paseaba por el lugar. Se podía leer en una pizarra en la puerta que Gambrinus, el añorado para los exiliados hispalenses símbolo de Cruzcampo, vivía allí. Y Cruzcampo para un sevillano y muchísimos andaluces es una seña de identidad. Por ello, nada más entrar al local, daba la sensación de que uno estaba en Nervión, a la vera de la Gran Plaza, esperando que llegara la hora D del día D para animar a su equipo del alma.
Pero no. No sólo había sevillistas. Muchos espanyolistas se sumaban a la fiesta, contribuían al hermanamiento general que a lo largo de la semana se dio entre ambas aficiones en ese sitio raro, medio pub inglés, medio bar español, con azulejos andaluces en las paredes y lámparas más bien orientales. Detrás de la barra, en forma de u, Diego, un simpático canario, repartía a diestro y siniestro pintas de Cruzcampo, la única cerveza que se podía tomar en el local. Sí, la única. Nada de Carling, nada de Foster, nada de Guinnes… La única excepción era, y duraba muy poco, la de Estrella Galicia. Absolutamente nada. El jamón circulaba por todas partes, también el buen queso, olía a buen arroz, se veía pasar el gazpacho y el marisco ponía malo a más de uno. Supongo que ahora entenderán lo del oásis.
Leer más