Recuerdo una nube de fotografos y periodistas en el aeropuerto de Sevilla, abalanzándose alrededor de Ángel Cuéllar, flamante fichaje del Barcelona tras haber completado una extraordinaria temporada en el Betis. También en el aeropuerto, agazapada en un segundo plano y esperando pacientemente su oportunidad, la famosa “abuela del Betis” popularizada por el programa El Día Después y su recordada sección Lo que el ojo no ve.
A la que le dejaron un hueco, la abuela salió al encuentro de Cuéllar para hacerle una única pregunta: “¿por qué te vas?”. Cuéllar respondía algo así como “venga abuela, si yo la quiero mucho” y le daba besos. Pero la anciana permanecía impasible mirándolo fíjamente y, como el Principito, no dejaría de preguntar hasta que no tuviera respuesta. “¿Pero por qué te vas?”, insistía.
Cuéllar le rompió el corazón, como a mí, como a la mayoría de aficionados béticos. Es un mal común a todos los que somos aficionados a un equipo pequeño: tarde o temprano el jugador estrella de nuestro equipo acaba en muchos casos fichando por un club más grande y nos sentimos como un amante abandonado. A veces estos cambios son especialmente traumáticos por lo inesperado, por las circunstancias económicas, o incluso desatan nuestras más bajas pasiones cuando el equipo en el que aterriza es nuestro eterno rival, o un equipo que nos caiga especialmente mal. Entonces nos convertimos en un amante despechado.



