
“Creo que Maradona se cree un Dios y ese puede ser el origen de algunos de sus males”. Son declaraciones de Héctor Pezzella, director médico del sanatorio Güemes, donde ha estado ingresado el crack en las últimas semanas, que a buen seguro provocaron la dura crítica del Pelusa cuando le dieron de alta, pedida por él mismo, hacia dicho centro médico. Pues bien, parece que el barrilete cósmico se equivocó. Para desgracia de todos, este viernes de nuevo el mito de los mitos del fútbol argentino tuvo que ser ingresado de urgencia en un hospital de Ezeiza tras sufrir una descompensación. La salida del negro túnel que le tiene atrapado desde principios de los noventa sigue sin dar señales para Diego. En los últimos tiempos vio la luz por algunas grietas, pero parece que todavía no es suficiente. Y las afirmaciones de Pezella toman ahora más fuerza que nunca.
Los que lo conocen, y un servidor trata a muchos que lo trataron, afirman que Maradona era un tipo estupendo, siempre volcado con los demás. En cambio, todos coinciden en que nadie se le podía cruzar en su camino. Es decir, Diego siempre tuvo el piso liso para hacer lo que quiso. Es normal, ciertamente, si tenemos en cuenta de que este hombre en su país y en el Sur de Italia es lo más parecido a Dios. Idolatrado de todas las maneras posibles, con justicia, pues Diego consiguió con sus piernas y sus manos en un campo de fútbol lo que el ejército argentino no logró en las Malvinas y lo que la política italiana, siempre ninguneando al Sur, quiso evitar: el despertar social de la parte baja de la bota.



