
Aparecía la vuelta de la Supercopa como un fastidio. Tras el madrugón repleto de épica, calidad, dramatismo y emociones que nos brindaron esos doce héroes de la canasta que miraron a los ojos de lo imposible durante más de una hora en un parqué de Beijing. Aparecía como una vuelta a la gris rutina tras tres semanas de sueños olímpicos. Tras Nadal, tras Llaneras, tras Barrufet, justo cuando comienzan a parecer las dudas en los aficionados al fútbol sobre porqué somos yonquis de un deporte manejado por millonarios malcriados que por si fuese poco en ocasiones regalan “apasionantes” empates a cero. Y cuando empezaba a considerar la posibilidad de pasarme a la vela, el ciclismo en pista o la gimnasia rítmica, la vuelta de la Supercopa va y depara un partido tremendo, enorme, superlativo que me recordó que ya empezaba a necesitar urgentemente una dosis de balón. Comienza la temporada, se abre la veda a lo grande.
Durante la primera media hora el sopor empapó todo; al público, a un Madrid sin ideas y al Valencia rácano y timorato. Guti y Raúl demostraron que han comenzado la temporada en un estado espantoso, como si estuviesen digiriendo aún los sucesos que rodearon la Eurocopa. Los blancos eran un pesado armatoste que no conseguía arrancar. En esas el Valencia anotó en su primer zarpazo por mediación de un Silva que continúa en estado de gracia. A los pocos instantes Van der Vaart, protagonista de lo poco bueno que había mostrado el Madrid era expulsado de forma rigurosa. El estadio se convirtió en un patíbulo por donde sobrevolaron el fantasma de Cristiano Ronaldo y el delantero que aún falta, Robinho se parapetaba ladino tras el banquillo e Iturralde se convertía en el sacrificio ideal para un run run de descontento que se extiende entre la hinchada desde el verano.




