El Faro de Alejandría constituía una de la siete maravillas del mundo antigüo. Construido en la pequeña isla de Faro, marcaba la posición de la ciudad, emitiendo un rayo de luz superior a los ciento cincuenta metros. Miles de marinos evitaron el naufragio gracias a su providencial guía. Más de veinte siglos después, el Egipto moderno puede presumir de contar con un oráculo luminoso de igual potencia al antiguo faro destruido por un terremoto en el siglo XIV. La pierna clarividente de Abou Treika ha guiado la nave faraónica por Ghana con la misma efectividad que los astrolabios o cartas marinas que construyeron las grandes gestas marítimas de la antigüedad.
El caso de Abou Treika representa uno de esos misterios que arroja el fútbol. Joyas escondidas a la vigilancia del gran ojo globalizador. A sus treinta años, el egipcio no aspira ya a hacerse un nombre en el fútbol europeo, sólo a regalarnos su clase con cuentagotas en este escaparate del fútbol africano cada vez se más rodeado de focos en que se ha convertido la CAN. Sin embargo, las dos últimas ediciones evidencian que nos encontramos ante un auténtico jugadorazo, comparable en su importancia dentro del continente africano a la talla de Zidane en Europa.



