Suspenso total para un Celta de Vigo que después de dos temporadas vuelve a la Segunda División. Quizá, de los tres descendidos a la Liga BBVA, sea el que, al principio de temporada, partía con diferentes objetivos, entre los que no estaba eludir el ‘infierno’. El equipo gallego pudo haber hecho más, mucho más. Disponía de una plantilla lo suficientemente nivelada para aspirar no sólo a mantener su plaza en Primera División, sino, incluso, para pelear por estar en la zona europea. Pero el fútbol, que es el día a día, el partido a partido, y no las hipótesis y pronósticos previos de pretemporada, fue violento con los celestes, que sucumbieron a pesar de intentar dar un giro a la tortilla con la llegada de Hristo Stoichkov.
El Celta de Vigo apostó en este ejercicio por la continuidad, por el buen trabajo realizado con anterioridad por Fernando Vázquez, el mismo técnico que devolvió a los gallegos a la máxima categoría y el mismo que logró la ansiada sexta plaza en el campeonato anterior, el que otorgaba el premio de disputar la UEFA. Y, por desgracia, la UEFA no fue más que un estorbo para un Celta que debió preocuparse única y exclusivamente a la Liga. En Europa los de Vázquez llegaron hasta octavos de final frente al Werder Bremen, en una eliminatoria en la que estaban ‘obligados’ a no superar para centrarse de pleno en el torneo doméstico.
Pero el ser apeados de la UEFA no quitó que Balaídos se convirtiese en un chollo para sus rivales. Chocante resulta que en un equipo con futbolistas de la talla de Baiano, Nené, Oubiña o el ‘Zamora’ Pinto, con el mismo bloque y mismo técnico, fuese incapaz de dar alegrías a su afición. Tan sólo cuatro triunfos y 18 puntos conseguidos fueron el nefasto bagaje de los de Vázquez en casa. Así, no es de extrañar que la directiva tomase medidas y la primera de ellas fue cargarse a Vázquez, eso sí, previa ratificación. En situaciones insostenibles suele ser el entrenador el fulminado, hecho que no fue excepción en el conjunto celeste.


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