
Han pasado más de dos años pero la ciudad sigue siendo la misma y en esencia el Sevilla también. Cierto es que ya no está Juande Ramos, ni el malogrado Antonio Puerta, tampoco el incombustible Daniel Alves… Pero el Sevilla sigue estando arriba, candidato respetable a todo lo que juega, con una filosofía de proyecto certera y a su vez efectiva, en la que los nombres, algo demostrado en los últimos años, están muy por debajo del equipo en sí.
Regresó este lunes el conjunto de Nervión a una ciudad especial que le concedió altas dosis de gloria. Glasgow, como suele hacer con todos sus visitantes, recibió a la expedición andaluza con el cielo gris y finas gotas de agua, casi imperceptibles pero constantes, lo que no ha impedido que el equipo de Manuel Jiménez tuviera una primera toma de contacto con Ibrox Park, un estadio con encanto, a caballo entre lo que algún día fue el fútbol y lo que realmente es. Ibrox es entrañable, impresiona ver su estructura levantada a base de ladrillos antiguos, combinada en sus partes altas con la más moderna de las ingenierías. Sus entrañas son laberínticas y la madera en todos sitios da un cierto toque de calidez. No es el decimonónico estadio del Fulham, pero poco le falta. Sin duda, un campo en el que gusta jugar a la pelota.



