
Pero qué pasa con River. Nadie lo entiende. River se arrastra como una culebra buscando un refugio para no ser devorado por pequeños insectos que no le tienen miedo, que le desafían y que le propinan palizas. River perdió el respeto y su escudo está por los suelos pisoteado por los pequeños que no cesan de reír. No es normal y Passarella, el principal responsable de todo esto, parece que no capta la realidad, sigue levantando la cabeza cuando debería tenerla gacha por mucho tiempo. ¿Qué le pasa a River? Passarella de futbolista era el gran capitán, era un líder, uno de esos jugadores que tiraba para adelante, que gritaba a los compañeros, que los empujaba aunque fuera hacia el abismo, con fuerza, con intensidad. Ahora no tiene nada que ver. No sale del banquillo, no grita, no cree en lo que hace porque sólo da bandazos que en ocasiones salen bien y que en la mayoría de las veces resultan fatales.
A River lo goleó Tigre hace unas cuantas semanas, el domingo Central le pasó por encima aunque al final salvó un punto y ayer salió vapuleado de Paternal. Argentinos le ganó 4-1, pero podían haber sido muchos más. El Bicho venció fácil, con la gorra podríamos decir. Parecía que los futbolistas de Argentinos eran estrellas de primera fila ante la pasividad de la defensa millonaria, ante la poca sangre en las venas de los centrocampistas. River es un muerto en vida, River da tumbos y está para que le den un tiro de gracia. Y ahora viene la gran pregunta. ¿Se lo dará Boca este fin de semana en el Monumental?







No tienen ese clavo ardiendo al que agarrarse tan necesario en tiempos de vacas flacas. En Avellaneda, salvo en Sarandi donde Arsenal lucha seriamente por hacer la gesta de entrar en las Copas, la cosa no va bien. Este pasado domingo se disputó el clásico entre Racing e Independiente. El Cilindro presentó un aspecto de gala, con 10.000 hinchas visitantes rojos, pero con cierta rareza en el ambiente. Lo peligroso de estos partidos ha provocado que se tenga que jugar a hora intempestivas. A las once de la mañana se disputó concretamente, este choque, hora de preparación de asados en una Argentina que a esas latitudes de la mañana todavía no piensa en fútbol por raro que lo parezca.
Con 37 años, un 5 de mayo de 1991 colgó sus botas uno de los mejores jugadores que ha dado el fútbol, el ídolo del más grande, de Diego Armando Maradona, convocado por Bilardo para el Mundial de 1986 por expreso deseo del ‘Pelusa’, así era él. Cuentan los cronistas de la época, que cuando Ricardo Bochini, el protagonista de este post, saltó a la cancha en un encuentro ante Bélgica, a penas jugó en la cita mundialista mejicana, Maradona se le acercó y le dijo: “Dibuje maestro”. Pues bien, con 53 años, casi 16 después de salir de los terrenos de juego, el maestro volvió a dibujar.
¿Hasta donde puede llegar la comercialización del fútbol? ¿Cuál es el límite para generar ingresos de un club? Son dos preguntas que en ocasiones saltan a la palestra y que en la mayoría de los casos no encuentran respuesta. Y no hay respuesta, porque los límites entre la decisión deportiva y la decisión económica son muy difusos.

