Prácticamente con la mesa puesta y la bolsa de cotillón medio abierta, a Javier Aguirre le avisaron a última hora del jueves que las uvas no se las comería como entrenador del Real Zaragoza. Esta decisión, que podría haberse tomado perfectamente justo después de la enésima derrota del conjunto maño esta temporada, finalmente la llevaron a cabo en las postrimerías de un año movidito en La Romareda, donde cada vez se está volviendo más habitual estos cambios de rumbo, que van de ningún lugar a ninguna parte.
En ese escenario, la destitución de Aguirre no es la única noticia que se ha producido en el seno del conjunto zaragocista. Agapito Iglesias, el máximo responsable del club y cara visible del deterioro del mismo, se ha echado a un lado para dar paso a un nuevo Consejo de Administración encabezado por Salvador Arenere, que pretende en seis meses algo así como un imposible: que la institución encuentre la estabilidad perdida y de paso, allanar el camino para futuros posibles compradores. Tanto él como los nuevos consejeros gozan de un cierto prestigio en la ciudad.










