
Para el aficionado sevillano, retratados a menudo como supersticiosos, hoy se habrá hecho más cierta que nunca la afirmación de que “entrenador nuevo victoria segura”. Yo, como no soy supersticioso – porque da mala suerte – explico el repaso que hoy le ha dado el Sevilla al Valencia (3-0) con la simpleza de un equipo que es netamente mejor que el otro en estos momentos. Y es que mientras el Sevilla ha mostrado su mejor cara y sus jugadores nos han ofrecido su mejor nivel en las cualidades por las que ya son conocidos, el Valencia ha mostrado la misma apatía y poca capacidad de reacción como la mostrada ante el Rosenborg.
Es de esperar, pues, que la atención mediática en los banquillos pase del affair Juande a la delicada situación de Quique Sánchez Flores. Los problemas a los cuales nos hemos referido en otras ocasiones aquí siguen sin solucionarse: la defensa sigue haciendo aguas – tres goles más para el casillero y los dos primeros auténticos regalos defensivos-, falta de un jugador cerebro en el centro del campo y, lo que para mí es más grave, poca capacidad de cambiar el ritmo, la marcha del partido. Parece que el Valencia siempre juega igual, vaya ganando o vaya perdiendo, y esto es una dudosa virtud en un equipo cuyo estilo de juego le está reportando más de un disgusto.




