
Es justo que de vez en cuando se ponga en su sitio a ese perfil de futbolista currante y tremendamente efectivo que no quizás no cumple con el estereotipo que buscan los flashes pero que sin embargo es el futbolista ideal para cualquier entrenador y siempre, absolutamente siempre, se consolida en los equipos por los que pasa, encarnando hasta cierto punto su propio espíritu. En este caso me refiero a José Luis Martí, mediocentro trabajador, infatigable perro de presa en la divisoria con una capacidad táctica envidiable, extensión en el campo de todos los técnicos que ha tenido y ahora pieza clave del Mallorca.
Comenzó su carrera en el Mallorca, donde no pudo llegar a debutar en Primera, de ahí al Tenerife, donde acabó como capitán y salió a hombros en su último partido, para jugar en el que ha sido el equipo de su vida. En el Sevilla FC Martí militó un total de cuatro temporadas y media, ganó cinco títulos y fue un fijo hasta el punto que incluso cuando llegó el sugerente Poulsen, Juande Ramos ideaba siempre esquemas diversos para poder meterle en el equipo. Su trabajo incansable, su extrema constancia y sus dotes de mando, le hicieron convertirse en uno de los hombres más importantes del Sevilla más exitoso de la historia, pero ya con más de 32 años y la irrupción de otro mediocentro de altura como Keita, el año pasado, básicamente porque con Jiménez comenzaba a no contar, decidió marcharse a la Real Sociedad para pelear por el ascenso. En San Sebastián volvió a rendir a un nivelazo, le intentaron retener pero entonces apareció el Mallorca, le ofreció dos años de contrato y regresó a su isla para intentar ser profeta donde antes le habían negado la lira.



