No era Stamford Bridge el mejor escenario para levantar cabeza, queda claro. Pero este Atlético no pone remedio a los males que tan a menudo y con tanto ímpetu le azotan. Será, tal vez, que no hay cura para esta enfermedad crónica, pues su debilidad defensiva sirvió en bandeja al Chelsea un partido en el que fueron mejores las intenciones primeras de Abel que el previsible desarrollo del juego. Sin derrochar apenas fútbol, el conjunto inglés endosó un rotundo 4-0 a un Atlético cada vez más perdido. Jugó el técnico toledano al despiste y probó suerte, con un mediocampo de tres nombres (desafortunado trivote) y colocando al joven Domínguez en el centro de la zaga. Nada, no hubo forma de encauzar este desastre.
Y no es que los colchoneros no contaran con ocasiones; fue —y seguirá siendo— tan sólo una cuestión de talento. Al fútbol se juega desde la pizarra, desde la mente y desde el músculo, por no hablar de cuestiones superiores. Claro que es duro juzgar la labor de un equipo cuando enfrente está el poderoso Chelsea, pero es que volvió a rondar la sensación de que fueron los deméritos atléticos los que empujaron al destino a elevar a cuatro los disgustos, y a montarse en el avión de vuelta a Madrid con la angustia en la garganta, el corazón y las botas de sus pasajeros. En tan poco tiempo, cuánto cambiaron los ánimos.


