El 15 de Julio de 1966, durante el mundial de Inglaterra, el mítico Goodison Park se encontraba lleno hasta rebosar, en el ambiente se palpaba la excitación. Los asistentes se encontraban ante la oportunidad de ver al Brasil de Tostao, Djalma, Garrincha y un jovencísimo genio que había convulsionado las islas en el primer partido, Pelé. La exhibición esperada no sólo no se repitió, al contrario, Brasil fue borrada del campo y derrotada por 3-1. Un hombre se encargaría de acaparar todo el protagonismo destinado a “O Rey”, más brasileño que los propios integrantes de la canarinha, Florian Albert salía ovacionado del estadio. Era el delantero centro de una Hungría que pasará a la historia.
Pocos pueden adivinar hoy en este pequeño país centroeuropeo sin hechos futbolísticos relevantes desde hace más de treinta años, la potencia futbolística que representaron en los primeros giros del balón. El tridente formado por Bene, Albert y Farkas infundió miedo en las islas durante las tres semanas que duró el mundial. Antes, en los 50, figuras como Puskas, Bozsic y Kocsis habían cimentado el poder magiar derrotando por primera vez a Inglaterra en casa.

Un tema paradigmático dentro de la relación entre el deporte rey y la guerra fría es el de los futbolistas exiliados. Aquellos que con mayor o menos dificultad escaparon de un país comunista para jugar en una liga de la Europa Occidental, atraídos por las libertades individuales y, sobre todo, por la posibilidad de prosperar económicamente. 

