
Nada se resolverá hasta el final. Así lo ha querido el fútbol. Lanús y Tigre. Tigre y Lanús. Entre estos dos equipos está el Apertura 2007. Dos conjuntos humildes, dos conjuntos del Gran Buenos Aires, ajenos al espíritu de grandeza que respiran los equipos de la capital. Dos conjuntos de enorme mérito. El primero por basar todo su crecimiento en el cuidado de la cantera, por convertirse en uno de los principales viveros del fútbol argentino. El segundo por ser el reflejo de un proyecto responsable y arriesgado a la vez, por representar la ilusión de un pueblo de menos de 40.000 personas, Victoria, que anda revoloteado como nunca en los últimos meses gracias a la dichosa pelotita.
Lo de Tigre tiene un valor tremendo. Ayer le ganó a Boca y sigue con opciones para la última jornada. Si pierde Lanús en la Bombonera y gana el Matador, empatarían en la tabla, provocando una final de desempate, cómo la que el año pasado jugaron el Xeneize y Estudiantes. No creo que se llegue a ese extremo, porque estoy convencido de que éste es el torneo de Lanús, que ya era hora, por otro lado. Pero en cualquier caso, hay que quitarse el sombrero con el equipo que dirige Diego Cagna, ex jugador de Argentinos, Independiente, Boca y Villarreal.






Para los técnicos españoles y de cualquier otro país la Premier es un paraíso. Los entrenadores allí son los auténticos jefes. Ellos hacen y deshacen a su antojo y siempre cuentan con el respaldo de arriba salvo que los renglones que escriban se tuerzan de forma considerable. Rafa Benítez es uno de esos privilegiados que dirige en las Islas Británicas y que impone sus criterios en el Liverpool. Una se sus últimas peticiones ha sido Sebastián Leto, extremo izquierdo de poco más de 20 años y una de las estrellas del Lanús argentino. 

