Imagino que para quien como yo, que no soy ni del Madrid ni del Barça, el Superclásico es un partido para disfrutar, para esperar de él el mejor juego y cuantos más goles mejor, al margen de las predilecciones que uno puede tener en un momento determinado sobre uno u otro equipo. Por ello, cuando pienso en los clásicos que he vivido, me cuesta pensar en términos cualitiativos de mejor o peor, salvo cuando por juego o emoción unos brillan por encima de otros. El de la temporada pasada en el Camp Nou, por ejemplo, fue un gran encuentro. Ente los peores hay uno del que no quiero acordarme hacia el año 2002, que no sólo fue un tostón de partido sino que encima mis circunstancias personales en aquel momento eran penosas…
Pero hay una imagen de las tantas de los Madrid-Barça o de los Barça-Madrid que permanecen en mi mente, y es la de Luis Figo en su primer partido con la camiseta blanca en el Camp Nou. Cuando vi al portugués salir al campo entre un estruendo de silbidos, tapándose las orejas en tono irónico, recordé el tiempo que viví en Portugal, cuando Figo era aún uno de los jugadores más destacados del Barcelona.
Por aquel entonces, y aún ahora, Figo era poco menos que Dios en el país vecino. Nunca olvidaré cuando mientras estaba viendo en el canal público portugués un programa de variedades, interrumpieron su emisión de forma urgente para dar paso a un informativo de última hora. Pensé, “¿qué habrá pasado?”. Pues la super noticia era que Figo había llegado a un acuerdo para fichar…por el Inter (hablo del año 2000). El telediario portugués puso este rumor a la altura de noticia de alcance por la que había que interrumpir su programación. Lo curioso del caso es que Figo, años después, recalaría en el club neroazurro.

En el verano de 2001, Joan Gaspart trataba desesperadamente de aportar algo positivo al FC Barcelona, sumido aún en la crisis provocada por la salida de Jose Luis Núñez y sobre todo Luis Figo un año antes. Tras el intento fallido de recuperar los títulos con Louis Van Gaal en el banquillo, Rexach tomó el mando como responsable deportivo.
Poco más de dos años hace, desde que César Jiménez se lesionara en el Santiago Bernabéu jugando en las filas del Real Zaragoza. Una entrada criminal de Luis Figo cambiaría su vida, para mal. Rotura del ligamento cruzado anterior de la rodilla izquierda, y por delante un calvario, que en un principio se calculaba que duraría siete meses. Ojalá hubiera sido así.

