Uno de los partidos con más morbo que nos dejó la cuarta jornada de la Liga BBVA fue el que enfrentaba a Real Zaragoza y RCD Espanyol en La Romareda. El gran aliciente para los locales era el de ver a Luis García medirse al que fue su equipo durante seis temporadas. Por el contrario, para los visitantes el principal contratiempo lo conformaba la simple presencia del asturiano, capitán periquito en su último año, líder indiscutible del vestuario e integrante del mejor momento que recuerdan en los aledaños de Cornellà-El Prat, la final de la UEFA Cup ante el Sevilla.
La marcha de Luis García de Barcelona no fue la soñada por el ‘10’, que hace unos años, cuando todavía no superaba la treintena y se erigía temporada tras temporada como mejor jugador blanquiazul, rechazó varias y tentadoras ofertas del extranjero (me viene a la cabeza alguna del Benfica, por ejemplo), por amor a unos colores que sentía como suyos. Su adaptación a la Ciudad Condal y a la entidad fue total y como prueba de ello, las lágrimas que derramó el día de su despedida, en una rueda de prensa muy emotiva, precipitada por una operación relámpago que le llevó a Zaragoza.



Trece puntos de quince posibles. Esos son los números con los cuales el Espanyol ha obrado el milagro. Lo venimos diciendo. Hasta la llegada de Mauricio Pochettino el cuadro perico era carne de Segunda. Pero con el argentino, tras los primeros tropiezos y la conjura de hace unas semanas, el Espanyol ocupa a fecha de hoy la decimosexta posición de la tabla o lo que es lo mismo: ha salido de la zona de descenso después de cuatros eternos meses. Y ello sellado a gracias a la fe y la esperanza. De nuevo, este imprescindible adjetivo abstracto, volvió a relucir ante el Betis (2-0).


Fernando Torres
Ausencias. Tanto en un bando como en otro hubieron destacadas ausencias. En el Liverpool, uno de los mejores futbolistas que cuenta la plantilla de Rafa Benítez, el catalán Luis García, no disputó la final porque todavía se está recuperando de

