
Era el minuto 89 de partido y en el Bernabéu parecía que no había más que ver con el Madrid ganando por 4-1 al Granada, pero surgió entonces la figura de Cristiano Ronaldo para marcar el quinto y dejar la imagen del encuentro: la de un futbolista que no quiso celebrar aquello por lo que vive y para lo que vive. Altintop, Xabi, Marcelo… varios compañeros fueron a felicitarle: un choque de manos, una palmada en la espalda… no insistieron más, sabían que su compañero no estaba para homenajes. Más allá de compartirlo, lo comprendieron. Lo dijo Sergio Ramos después: Él es así y estamos contentos con él. Cristiano Ronaldo es así: es un grande y quiere ser más grande aún, quizá sólo le falte disfrutar para conseguirlo.
Parece ser que no le sentaron bien los tímidos silbidos de la grada dirigidos hacia su persona, que creyó de su propia hinchada y de los que dicen que en su mayoría provenían de la afición granadina desplazada al Bernabéu. Los cree injustos. Pero fue un cúmulo aderezado con una noche en la que no le salieron bien las cosas: hasta diez veces disparó a puerta y el balón no quiso entrar, hasta que el gol llegó al final del partido. No es la primera vez que esa frustración le condena y le abate, le hace perder la calma, le tensa, le enfada consigo mismo y con el mundo y merma su rendimiento. Más allá de la noche de ayer es algo habitual en su figura.











