
Uno ve el primer tiempo que el Barcelona ofreció ante el Olympique de Lyon y se pellizca para saber si lo vivido es fútbol real o un sueño. Por suerte para el aficionado, se trata de lo primero aunque bien podría ser lo segundo. Y es que por un instante el Camp Nou se sumergió en un fútbol celestial, interplanetario, así como la hazaña que reclamaba el presidente Jean-Michel Aulas a los suyos y que, cuando los jugadores enfilaban el camino a los vestuarios olía a lejana utopía. Fue una noche espectacular, en la que el Barça inyectó a su público dosis de adrenalina por el buen juego practicado y a la que su rival quiso añadir, también, un extra de picante en la reanudación.
A fin de cuentas, lo que de verdad importaba era lograr la clasificación para los cuartos de final de la Champions League. Y se logró holgadamente, con unos primeros cuarenta y cinco minutos de esos para grabar en DVD y enseñar a todo aquél al que el fútbol le parezca un deporte aburrido. El Barça volvió a ser el Barça del principio de temporada, el de antes del bache. Ya contra el Athletic de Bilbao dejó entrever que lo bueno parecía regresar, pero el estado físico y mental de su rival restaba credibilidad al baño al que sometieron los hombres de Pep Guardiola a los de Joaquín Caparrós. Lo que el sábado se negaba a entrar por activa y por pasiva, fue anoche, como dicen en Catalunya, “bufar i fer ampolles” (soplar y hacer botellas).



