
Fue hace justo un año, un poco menos, quizás. El Sevilla viajaba a Lieja en cuadro, con muchas bajas y buscaba una victoria que encarrilara su pase a dieciseisavos de la UEFA. Se sabía del potencial del Standard pero ni el más pesimista esperaba que los belgas salieran en tromba y dejaran KO a los hispalenses en una primera parte de vértigo. En aquel choque los de Jiménez se fueron al descanso con un solo tanto en contra, pero bien se podían haber marchado con dos o tres más, porque parecian un crio con las rodillas temblando contemplando las zancadas de un monstruo. Los tiempos han cambiado para los andaluces… y mucho.
Me recordó mucho el comienzo de ese encuentro en Lieja al que de ayer en Stuttgart. Markus Babbel sorprendió a todo el mundo, sacando un once, digamos, extraño, sobre todo por la suplencia de Thomas Hitzlsperger, el hueso duro de la medular germana y la alineación en banda de Khedira. La disposición ofensiva, con hasta cinco hombres proclives al ataque, desfiguró por momentos al Sevilla. Los locales se metieron en el terreno nervonense en el primer cuarto de hora y no cesaron de acosarles. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurrió hace doce meses en tierras belgas, esta vez los de Jiménez mostraron una solvencia defensiva excepcional, prueba de la seguridad y confianza que se respira en ese vestuario. Aguantaron, supieron sufrir y golpearon a la segunda ocasión que tuvieron, con un cabezazo de Squillaci, culminando una nueva jugada de estrategia, faceta en la que esta campaña el equipo andaluz ha crecido de forma excepcional.



