
Hoy voy a hablar bien de Estados Unidos. Una cosa rara por estos lares, que yo mismo casi nunca suelo hacer, pero es que estos días he visto motivos para ello. En especial la forma en la que se vive el deporte por allí, más como una fiesta y como una diversión que como una rivalidad guerrillera entre tribus. Allí la gente es hincha de un equipo, no enemiga de otro y el fenómeno ultra en el deporte es inexistente. Y esto es algo propio de una nación civilizada y debería ser una envidia para el resto del planeta.
Ayer éramos testigos de la expectación que levantó el Atlético de Madrid en su visita a Marsella. El mundo del fútbol contenía la respiración a la espera de incidentes mientras numerosos policías custodiaban la expedición atlética. Todos sabemos cuál fue el motivo de todo este dispositivo: un caso que ha trascendido fronteras y que ha llegado a ámbitos a los que jamás tendría que haber llegado.
“El futbol no es una cuestión de vida o muerte, es mucho más que eso”. Esta famosa frase de Bill Shankly, tan habitual en las cabeceras de tantos y tantos blogs, es tan veraz que me da asco. Si es triste tener a gente dispuesta a morir y a matar por un equipo de fútbol aún lo es más que reciban la cobertura mediática que buscan para que sus actos sean notorios. Pero lo que no esperaba ver es que políticos, futbolistas de categoría internacional y personajes públicos se pusieran a apoyar a uno de los miembros del peor de los fenómenos que azotan nuestro fútbol.


La próxima Copa de África va a suponer una autentica convulsión en el desarrollo de las mejores ligas del continente europeo. Los mejores equipos de Inglaterra, Italia o la propia España sufrirán las ausencias de algunos de sus mejores jugadores. Pero sin duda ningún campeonato sufre las consecuencias de esta diáspora con la misma virulencia que la L1 francesa. Hasta catorce equipos sufrirán la pérdida de jugadores titulares la próxima semana con motivo de la competición africana.

