Pocas veces en el fútbol un ‘hat-trick’ poco o nada sirve para llevarse los tres puntos. Sucedió hace algo menos de dos meses. Su protagonista, Mate Bilic, un ariete puro que domina a la perfección el arte de destrozar marcos rivales. El rival, el aguafiestas rival, el Sevilla, que dejó en agua de borrajas el impresionante triplete del croata del Sporting de Gijón. Tres goles que en el resultado final sólo sirvieron como atrezo (4-3) pero que dejaron clara la gran relación con el gol de este futbolista que, tras muchos años de esfuerzo, ve recompensado su trabajo en Primera División.
A Bilic no le ha sido fácil asentarse en la otrora Liga de las Estrellas. Llegó siendo un desconocido en la 2001-2002, cuando el Zaragoza se hacía con uno de los delanteros croatas con más proyección. Recuerdo una entrevista que le hicieron en no sé que medio escrito en la que aseguraba soñar jugar en Europa con el conjunto maño. Sin embargo, la competencia obligó a sus deseos a esfumarse. En su primer año en la capital maña apenas jugó y tan sólo marcó un gol. Hombres como Drulic, Milosevic, Yordi o Jameli gozaban de más oportunidades que él, que a la siguiente temporada, y durante unas cuantas, acabó cedido en varios equipos, uno de ellos, el que hoy defiende a capa y espada.



