
Hace mucho ya de aquel Vélez de Bianchi y Chilavert. Aquel equipo que arrasó en Argentina y ganó la Libertadores en los años noventa, dejando un sello imborrable para la gente del Fortín. Lejos de los clásicos circuitos turísticos de los estadios bonarenses, el José Amalfitani es, o al menos eso dicen los propios porteños, el mejor estadio de la ciudad después del de River. Ver fútbol en sus gradas es un gustazo, porque desde todos los sitios la óptica es excepcional. Y ahora mucho más, cuando el equipo de Liniers día tras día se consolida como la principal referencia del fútbol argentino, con permiso de los dos grandes, que andan vulgarizados, sobre todo River, y Estudiantes.
Desde que llegó Ricardo Gareca, justo ahora hace un año, Vélez ha cambiado de raíz. Gareca fue un delantero correoso y luchador que triunfó en muchos equipos y es recordado, sobre todo, por el tanto que le hizo a Perú en las Eliminatorias para México 86, que clasificó a la Argentina de Bilardo de forma agónica al Mundial. En Vélez jugó más de tres años en la etapa final de su carrera, debido a que siempre se reconoció hincha del Fortín. Cuando más tarde colgó las botas en Independiente, con quien salió campeón en el Apertura 94, inició una dilatada carrera como técnico que le llevó a buscarse la vida en Colombia y Perú. Muchos años después, ya en casa, su casa, gracias, entre otras cosas, a la recomendación de Bianchi, Gareca ha logrado por fin el respeto del fútbol patrio.





