De niño, cuando pensábamos en una selección de fútbol o a quién nos gustaría parecernos como jugadores, siempre teníamos a Brasil en mente, quizás debido a esa selección del mundial 82 que se quedó en la memoria de muchos de nosotros por el fútbol que practicaron. No ganaron el mundial, pero lograron algo más importante, estar presente siempre en nuestra memoria. Cierto que ese era el fútbol romántico de antes, no el industrial y athlético que ahora nos quieren vender.
Y Brasil también ha caído en esta trampa. Tras sucesivos fracasos en los mundiales, en Italia 90, Brasil se acomodó al fútbol europeo o intentó parecerse a él, utilizando la defensa de 5 con un líbero. No pasó de octavos. Ahora Dunga intenta hacer lo mismo, con tres medio centros, renunciando a la esencia o los valores del fútbol brasileño, y no para de recibir críticas por un juego en el que la labor de Robinho, que juega en Brasil donde debería jugar, no como en el Real Madrid, le ha evitado un desastre mayúsculo.



