
Sé que es improbable, que es prácticamente imposible porque Alemania es siempre Alemania, un rodillo que rueda y rueda y que casi nunca se sale del camino; y porque Turquía está diezmadísima, con incontables bajas entre lesiones y sanciones. Que un extremo como Ugur Boral juegue de central creo que lo dice todo. Pero en el fútbol la lógica no siempre se impone y quién sabe si esta noche los turcos añaden un nuevo párrafo a la epopeya que están escribiendo en esta Eurocopa.
Turquía está en cuadro pero sin embargo me encanta el discurso de su entrenador, Fatih Terim, que contagia a sus jugadores y a sus hinchas con un optimismo infundado, quizás consciente de que lo más importante para ganar es creer en la victoria. Turquía ha remontado ya tres encuentros en contra de manera in extremis y por eso todavía hay gente que tiene esperanza en un último milagro. De ahí a que el triunfo, aunque sea algo irracional tal y cómo se están desarrollando las circunstancias, nunca pueda descartarse como posibilidad factible. El problema es que en frente está la más racional de las selecciones, el pragmatismo hecho equipo de fútbol, el conjunto que pocas veces falla, el que lleva sin ganar un título desde 1996, un mundo para su gente, que exige a los de Löw la victoria en este torneo.




Sin hacer mucho ruido, entre las trayectorias dispares y mucho más altisonantes de Real Madrid y Barcelona, y entre los problemas de los otros equipos del levante, un submarino más sigiloso y mortífero que nunca ha “torpedeado” esta liga para hacer historia. Sólo hace unos años que el Villarreal era un equipo desconocido que deambulaba por Segunda B o Segunda, nunca entre los candidatos al ascenso. Recuerdo que incluso en un programa de radio en el que estaban relatando los emparejamientos de la Copa del Rey, al locutor le entró la risa tonta cuando pronunció el nombre del Villarreal. 

