
El fútbol te deja momentos entrañables. En ocasiones nos olvidamos de que los jugadores, esos chavales de veinte y treinta pocos años que idolatramos o defenestramos en función de incontables factores, también son personas. En el partido de España y Grecia me gustó muchísimo un detalle. Nada más marcar con inapelable cabezazo, Charisteas, otro enorme nombre propio en el fútbol heleno, autor del gol de la finalísima de Lisboa, se cruzó todo el campo para fundirse en un tierno abrazo con el gran Nikopolidis, un gigante que llegó a ser inexpugnable y ahora tiene pies de barro, desvaneciéndose su poder por el pérfido paso de los años.
A Nikopolidis esta Eurocopa le ha venido de más. En la fase de clasificación Otto Rehhagel incluso lo llegó a sacar de la titularidad, pero finalmente decidió ponerlo en el gran torneo. En los tres choques el bueno de Antonios ha demostrado que ya no está para fiestas de alta alcurnia. Esta noche, por ejemplo, no hizo mucho por detener el disparo de De la Red. Es lógico, sus casi 37 años le restan esos reflejos y lucidez que le han llevado a ser el mejor portero griego de todos los tiempos, conquistando un palmarés realmente envidiable, con seis ligas y cinco copas griegas, así como una Eurocopa, todo ello en una carrera deportiva que comenzó en 1987 en el Anagennisi, prosiguió en el Panathinaikos y que ahora continua en el Olympiacos.

Por segunda Eurocopa consecutiva Grecia ha vuelto a sorprender. Si en 2004 lo hacía logrando el título ganando a la anfitriona, Portugal, este año lo ha hecho quedando apeada a las primeras de cambio. Resulta asombroso porque del campeón siempre se espera que defienda a capa y espada su título, aunque la realidad invitaba a pensar en lo que ha sucedido. Los griegos no podrán revalidar la hazaña de hace cuatro años.

