Laporta está comenzando a sentir cómo le abrasa el fuego de la moción de censura planteada por Oriol Giralt. Tiene miedo a perder y por eso, cercado cada vez más por las continuas críticas a su desastrosa gestión de las últimas campañas, no hace más que lanzar mensajes incendiarios, que reflejan ciertos tintes paranoicos con el fin de desviar la atención. Reivindicar la libertad de Cataluña como si estuviera en un mitin político ha sido el último de los exabruptos de un supuesto presidente de fútbol que perdió el norte hace mucho tiempo.
Obsesionado con continúas persecuciones, recuerda a la decadencia personal de esos grandes líderes que tan bien vende Hollywood, esos hombres que una vez fueron gigantes y se fueron derrumbando por el paso del tiempo, débiles ante el ambiente que les rodea, enclenques ante el aliento en el cogote de sus enemigos. El problema de Joan es que no se da cuenta de que él mismo, que pide unidad del barcelonismo, ha sido el que ha dividido y el que se ha franjeado sus rivales. Lo que no comprende Laporta es que el fútbol es fútbol y no política y que la gente, independientemente de su ideología, comienza a cansarse de que este hombre no pare de mezclar conceptos que deberían estar bien distantes, siempre en función de sus intereses personales. Porque barcelonistas hay muchos, catalanes y no catalanes, nacionalistas y no nacionalistas, de todos los tipos y colores. El Barcelona es una entidad global y heterogénea pero este señor parece empeñado en alinear a toda una afición, uniformar un sentimiento… Laporta es un ridículo totalitario y se ha convertido en una parodia humana que desgraciadamente representa a uno de los grandes de Europa.
A Laporta el cargo le ha superado y por el bien del Barça debe salir ya del Camp Nou. Laporta tiene que entender que los que piensan diferente a él no son conspiradores, sino simplemente socios que ya están hasta el gorro de ver como su máximo representante institucional no para de meter la pata. Basta ya.
En NdF | Fichar para maquillar


Han bastado dos temporadas sin títulos en el Barcelona para que el socio levante la voz. Lo malo, o quizá bueno para muchos, es que se ha levantado en forma de moción de censura. En España, y en Barcelona concretamente, se tiene muy poca paciencia. Y sobre todo, una memoria de pez alarmante que suele provocar procedimientos como el de un oportunista llamado Oriol Giralt que está cerca de conseguir su objetivo.

