El Nàstic de Tarragona comenzó la temporada de manera magistral, venciendo a domicilio al Espanyol, con la ilusión por bandera y con típicas ganas del recién ascendido de dar la campanada y mantenerse en la categoría. Los de Tarragona llevaban 56 años sin saborear fútbol de Primera División y el reto se presumía complicado. Sin embargo, a pesar del buen inicio, el conjunto grana fue de más a menos, y su caída en picado fue paralela a la crisis que sufrió la entidad, que ha acabado la temporada con otro entrenador, otro presidente y un nuevo director deportivo.
La dinámica del equipo empezó a ser negativa, se pasó de la euforia al desencanto y el fútbol que practicaba distaba mucho de ser aquel que hacía un año había llevado al club grana al ascenso. En estos casos, lo más recurrente es cargarse al entrenador. Y así fue. Josep Maria Andreu, presidente que abandonaría el barco en enero, destituyó al artífice del ascenso en la jornada 13, cuando los tarraconenses ocupaban la última plaza. A Luis César, que logró, con un equipo más que discreto el ascenso, se le acababa el crédito y en su lugar llegaría el ex del Espanyol, entre otros, Paco Flores.
Flores pidió refuerzos en el mercado de invierno y sus deseos fueron órdenes. Llegaron varios futbolistas, como Rubén Castro, Sébastien Chabaud, Pampa Calvo y César Navas, pero no supo reconducir la situación. El Nàstic no se movió de los puestos de descenso y su retorno a Segunda era cuestión de tiempo. Flores, que tampoco cayó muy bien a la afición grana, no consiguió lo que de él se esperaba y hace unos días anunció que no seguiría en el cuadro catalán.


El Nàstic es, a día de hoy, el peor equipo de la Liga. Colista del campeonato con tan sólo nueve puntos
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