Una de las cosas que me van a animar el comienzo del año es que voy a tener la suerte y el honor de llevar a mi primo pequeño por primera vez al fútbol. A finales de Enero se enfundará en la bufanda branquiazul que mi madre le ha hecho a imagen y semejanza de la mía y se estrenará como deportivista en un partido de Segunda División, como tantas y tantas generaciones antes que la mía. Quizá no se entere de mucho, (cumplirá los cuatro años hasta Marzo) pero llevamos varias semanas practicando cómo se celebra un gol mientras le enseño por YouTube goles de Bebeto, Djalminha, Fran, Makaay, Tristán… El grito, el codo y el puño los tiene más que dominados.
Una de las cosas que más me ha animado para convencer a su padre a que se venga a Riazor para estrenar al chaval es la visión de dos vídeos cuyos protagonistas son dos niños que van por primera vez al fútbol. El primero, el que encabeza este post, muestra la primera vez que un niño llamado Salvi entra en el estadio de su equipo, el Racing Club de Avellaneda. En brazos de su padre aparece por uno de los vomitorios y en cuanto se encuentra dentro de las gradas de El Cilindro su cara se convierte en un poema, en el mejor poema que ningún poeta podría escribir sobre el fútbol. Sólo hay que ver su sonrisa, cómo levanta automáticamente el brazo como un hincha más y cómo, finalmente, simplemente se vuelve loco de alegría.








