
Simeone está tatuando en River lo que nunca fue. River siempre ha sido seducción. Seducía el River de la máquina, el River de la maquinita, el River de Francescoli o el de Ramón Díaz con aquella amplia gama de estrellas, los Crespo, Ortega, Muñeco Gallardo o el incipiente Marcelo Salas. River siempre fue finura, un galán que enamoraba con su fútbol. Pero Simeone ha cambiado el chip y la gente se congratula hasta cierto punto porque River gana los partidos prácticamente por inercia y después de varios años de injustificable sequía parece que por fin en Núñez están para aspirar a un título.
Simeone quiere que su equipo salga en tromba al ataque, sin embargo su formula constriñe a los jugadores. Buonanotte y Alexis Sánchez arrancan demasiado atrás desde los extremos y dejan demasiado solo al único punta. River es pues como una eterna paradoja porque aunque ponga ímpetu no tiene disposición. En cambio el equipo sí es una roca impenetrable, sin fisuras, que no da tregua ni opciones. Por eso cuando algunos de los grandes jugadores que tiene frota la lámpara y pide un deseo mata los partidos. Basta con decir que Juan Pablo Carrizo lleva cinco jornadas sin recoger el cuero del fondo de las mallas.





La Copa del Rey llega a sus primeros momentos cruciales, con sólo equipos de Primera División emparejados entre sí. A espera del Mallorca-Real Madrid y el Atlético-Valladolid de hoy, la jornada de ayer deparó interesantes momentos. El plato fuerte fue sin duda el Sevilla-Barcelona, que acabó en tablas y que permite a los catalanes llevarse un resultado más que interesante, sobre todo después de que la figura del partido haya sido Víctor Valdés. El joven guardameta ha impedido la victoria de un Sevilla que tiene pinta de volver a su mejor forma.




