
En las últimas horas hemos conocido dos noticias que dan una idea de lo muy en serio que se toman en Inglaterra el problema del racismo. Por un lado tenemos el caso del jugador del Liverpool Luis Suárez, que ha sido sancionado por la Federación Inglesa con ocho partidos de suspensión por haber proferido insultos racistas a Patrick Evra, futbolista del Manchester United. Y por otro lado está un tema aún más serio: la Fiscalía británica ha imputado al capitán del Chelsea, John Terry, por “un delito de alteración del orden público con agravante racial”. La Fiscalía considera probado que el defensa blue profirió un insulto de carácter xenófobo contra Anton Ferdinand, jugador del Queens Park Rangers, por lo que ha solicitado a la Policía que tome cartas en el asunto.
Terry sale de una para meterse en otra. A comienzos del año pasado salió a la luz pública que una de sus relaciones extramaritales había sido con la mujer de un excompañero, un lío que le metió en el ojo del huracán de la prensa, tanto la rosa como la deportiva —a veces cuesta diferenciarlas—, hasta el punto que el seleccionador inglés, el italiano Fabio Capello, tomó la muy discutida decisión de apartar a Terry de la capitanía del Equipo de la Rosa. Ahora que ya había recuperado el brazalete del combinado nacional y la prensa ya había pasado a explotar otros filones, Terry vuelve a estar en boca de todos por un asunto muy feo.


Hoy he tenido la oportunidad de visitar la exposición “Pasión en las gradas”, que estará hasta el 20 de abril en el Espai Cultural Caja Madrid de Barcelona. La muestra está centrada en mostrar cómo el deporte Rey es un motor para que afloren nuestros sentimientos humanos más extremos: desde la lacra del odio, la violencia y el racismo hasta la pasión y el amor por unos colores. Una exposición sencilla y clara, basada en documentos gráficos y objetos que simbolizan recuerdan algunos de los hechos más destacados de la pasión futbolera.


