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Como dijimos ayer, la corrupción no sólo se queda en la policía. La mierda también salpica a los políticos. En una ocasión, durante una entrevista, al Rafa le preguntaron qué era el poder. Y respondió lo siguiente: “Tener poder es tener los teléfonos de quienes lo detentan en serio”. Imaginen su agenda. Porque su poder es infinito por aquella parte del Cono Sur.
Di Zeo simboliza a la perfección el claro ejemplo de que las barras no están solas. De que los clubes las apoyan y de que parte de la policía y el espectro político le guiña el ojo. Es así. En caso contrario, no se entendería que cuando fueron a buscar al ya mítico cabecilla de la Doce a su casa para apresarlo por el delito del que ya ha sido condenado, aunque de momento está fuera de prisión por pagar la fianza, hasta que no se resuelva su apelación, consiguiera escapar por la ventana a través de un cordón de sabanas. Podría ser veraz esa historia, más propia de las películas de Hollywood que de la realidad argentina, si su vivienda estuviera en un segundo o tercer piso, pero quién puede creer eso cuando la casa del barra estaba en la décimo primera planta.
Todo lo que rodea a Di Zeo huele mal. Sí, huele mal que Maradona alabe a Di Zeo públicamente, a un asesino. Huele mal que haya fotos en los que los policías le dan la mano cariñosamente, sí, a un asesino. Huele mal que Macri diga que desde el club no facilitan la actividad de las barras y se puedan ver videos en Internet en las que claramente se aprecia como los hinchas de la Doce pasan a la parte del estadio donde están los hinchas rivales con la complicidad de los operarios del club. Huele mal que un juez de la Cámara del Crimen se reúna para conversar con Di Zeo, un asesino, y un futbolista de Boca, con el fin de intentar cuajar una estrategia para liberar a Fernando Di Zeo de prisión. Huele mal que cuando Di Zeo anda por las calles firme autógrafos a sus pequeños admiradores y que sea recibido en pueblos del interior con fuegos artificiales. Si, fuegos artificiales para un asesino. Huele muy mal. Huele mal también que a pesar de estar condenado por violencia en los campos de fútbol pueda seguir accediendo a las canchas con total impunidad y cuando se le niega la entrada, como ocurrió el pasado mes de octubre con el clásico de Racing y Boca, nuestro hombre acuda al Tribunal Constitucional y se le de la razón. Huele pésimamente mal que Di Zeo organizara el acceso de la gente a la Bombonera en la pasada final de la Copa Sudamericana ante Pumas, siendo ayudado en todo lo que pedía por la policía. ¿No creen ustedes que el asunto huele rematadamente mal?
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