
Sufrió hasta el final porque para depender de sí mismo Boca tenía que meterle cinco al Maracaibo. Sólo logró tres, pero el punto que sacó el Atlas ante Colo Colo sirvió para que el Xeneize picara billete y esté ahora en octavos de final de la Copa Libertadores junto a los mejores del continente. Porque ha habido pocas sorpresas, muy pocas. Han pasado adelante los a priori favoritos, todos los conjuntos argentinos menos Arsenal, todos los brasileños y dos de los tres mejicanos entre otros. Sin embargo, llama la atención que ningún equipo chileno, a pesar de que Colo Colo y Audax presentaban buenos argumentos, se haya metido en la siguiente fase.
Sin lugar a dudas el mejor cruce de los octavos de final es el que van a protagonizar San Lorenzo y River. Se abre la eliminatoria en el Bajo Flores y se cierra en el Monumental. Va a ser el cruce del morbo. En el Cuervo quieren ganar la Libertadores a toda costa, sería bello levantarla por primera vez el año de su centenario. Pero en frente está el Millo, el equipo del alma de Ramón Díaz, entrenador de San Lorenzo, el que le dio la segunda y última Libertadores a los de Núñez. El destino es caprichoso, sin duda, sobre todo si tenemos en cuenta que en San Lorenzo también juega otro hombre de River, Andrés D’Alessandro. En el Clausura el Cabezón se fue lesionado al poco de comenzar el choque y muchos pensaron que se borraba. Ahora está en plena forma, a gran nivel y tendrá que luchar contra su gente. Sensacional.



A Ramón le están fastidiando el asunto. Por mucho que alce el pulgar con la marcha de Lavezzi y Ledesma, bien sabe que la cosa se le complica y mucho. Es obvio que él entiende a sus estrellas. Fue futbolista y en su día también quiso y dio el salto al viejo continente. Pero lo que está claro es que si Lavezzi era importante en el equipo, Ledesma resultabna todavía más fundamental. Se va el Lobo, dejando en casa 1.700.000 dólares en Boedo, porque San Lorenzo tenía sólo el 50% de su pase, a Olympiacos. Se va a Grecia, donde cobrará 500.000 dólares al año, nada espectacular en Europa, mucho dinero en Argentina. Después de su fracaso en el Hamburgo de hace unas campañas y de su resurrección de la mano del Pelado Díaz en el Nuevo Gasómetro, vuelve al viejo continente. 
El Clausura sigue corriendo y Ramón Díaz continúa con la sonrisa en la boca. Cómo no tenerla, teniendo en cuenta el bañó de multitudes que se dio el pasado domingo en el clásico que River y San Lorenzo disputaron en el Nuevo Gasómetro. Díaz le dio todo desde el banco a River en los noventa, pero ahora está en Boedo… Y triunfando. Passarella, que en su día fue compañero y amigo de Ramón, que en su día fue ídolo en el Millo, ahora es rechazado en Núñez y defenestrado por Díaz. La cuerda entre ambos se fue tensando en la década de los noventa y en el pasado torneo de verano se acabó rompiendo cuando Daniel ni siquiera le saludó. Parece un culebrón. Es así. Por ello, no se extrañen de que el pasado domingo se viviera un clásico especial, morboso, el primer enfrentamiento banquillo a banquillo de dos auténticos colosos. El ganador, pese a lo que indicara el resultado, fue sin duda Ramón. Efectivamente, las cuatro tribunas del estadio azulgrana, en la zona local y visitante le aclamaron, tantop hinchas locales como millonarios. Se convirtió en el auténtico protagonista de la fecha.
La cuarta fecha del Clausura deparaba un más que interesante clásico entre Boca y San Lorenzo. Interesante por ser un clásico (encuentros entre los cinco grandes: River, Boca, Racing, Independiente y San Lorenzo) y por mucho más. Primero por las ganas de revancha de los azulgranas, que cayeron en su casa en el anterior Apertura por 1-7, una humillación que en Boedo tardarán mucho tiempo en olvidar. Y segundo, por la vuelta de Ramón Díaz, entrenador del Cuervo, sobrenombre de San Lorenzo, a la Bombonera. Díaz fue un histórico ex jugador de River que cuando colgó las botas tomó el mando del conjunto millonario para convertirse en el entrenador más laureado de los de Núñez en sus más de cien años de historia. A sus treinta y pocos años ganó una Libertadores, una Sudamericana, tres Clausura y dos Apertura. Se convirtió en esa época en persona non grata para el mundo Xeneize, en el enemigo más odiado. Tras cuatro años de ausencia en los banquillos volvía al campo bostero uno de los más defenestrados. La tensión y el morbo estaban servidos. Y Díaz fue el gran triunfador. 

