
Según se narra en la Odisea, cuando Ulises regresa a su patria después del largo y tortuoso camino de regreso y se introduce disfrazado en su vivienda, llora como un niño cuando su viejo perro muerte delante de él tras ser el único en reconocerlo. Lágrimas similares a las que el Cid derrama observando la patria de la que fue desterrada en el famoso Cantar. Son sólo un par de ejemplos de cómo la cultura y la literatura nos demuestran que hasta los héroes más poderosos e idolatrados también son humanos y vulnerables.
El empate del Barça ante el Betis en el Ruiz de Lopera está lejos de ser una debacle, una señal de debilidad tan fuerte que haga mínimo el abismo de diez puntos en la clasificación, pero es la primera muestra de humanidad de los azulgrana desde hace muchas semanas. Como persas y espartanos, ambos rivales sabían en qué condiones llegaban al choque y cual era el rol que les tocaba. El Betis aplicó la lección más comúnmente seleccionada para parar a este Barça pese a jugar en casa: el orden defensivo, las líneas juntas, la presión sin renunciar al contragolpe, sabiendo que ahora más que nunca tiene jugadores válidos para realizar ése juego, una vez que ha llegado Oliveira y se ha recuperado Mark González. Por su parte el Barça también hizo lo suyo: dominar hasta el insulto y atacar hasta la extenuación, aunque a menudo con demasiada prisa y con menos control en el centro del campo que en otras ocasiones.


Recuerdo la primera vez que vi jugar a Freddy Adu. Fue en la Copa Mundial de Fútbol Sub-17 de 2003 disputada en Finlandia. La Nike se había encargado días antes de este intrascendente campeonato de poner en marcha su impresionante maquinaria propagandística alrededor de un niño de tan sólo catorce años. En el campo sin embargo las maneras del jugador correspondían con creces a tanta expectación demostrada. Su figura achaparrada de apenas 1,70 se convertía en un derroche de potencia y velocidad al ponerse el movimiento. Y como suele suceder en estos casos, todos nos pusimos a soñar.



