
Todo el influjo positivo que la irrupción del ogro Fabbiani había desatado en el entorno de River se fue al garete la semana pasada. El Millonario, que sin jugar excesivamente bien estaba transmitiendo buenas vibraciones, cayó goleado hace siete días ante San Lorenzo por un cruento 5-1 y entre semana vio como Universidad San Martín le volvía a ganar, ya lo hizo el año pasado, en la Libertadores, por lo que la visita al Monumental de Arsenal este domingo se volvía crucial para seguir creyendo en la nueva era de Pipo Gorosito.
La verdad es que no comenzó muy bien el partido para River. A pesar de que los de Núñez comenzaron dominando, con Fabbiani pivotando como él sólo sabe y un Falcao muy correoso, pero la expulsión de Nico Sánchez y un absurdo penalti que acabó el gol de los de Sarandí al filo del descanso. El tempranero empate de Falcao nada más salir de los vestuarios puso dio de nuevo vida al Millo, pero no fue hasta media hora del final, cuando, más de tres años después de su último partido en casa, el Muñeco Gallardo saltaba a la cancha, su cancha, el campo en el que siempre fue ídolo, junto al Burrito Ortega, aunque quizás un escalón por debajo, el último gran ídolo para los hinchas de River. Entonces cambió todo y estalló la locura.










