
Policías con lesiones en Kaunas, Roma y Sofía, hombres apedreados en Montevideo, heridos en Bogotá así como en otras muchas partes del mundo, jóvenes sudamericanos acuchillados en Madrid y abaleados hasta la muerte en Ciudad Juárez, asesinados en Buenos Aires y en Rosario. No son extractos de distintos partes de guerra. Al menos, no de una guerra convencional. Es un repaso brevísimo y superficial a las secuelas de la violencia relacionada con el fútbol en lo que va de 2011. E, insisto, esto es sólo una mención sucinta de algunos sucesos, unos más trágicos que otros pero todos igual de preocupantes.
Pensándolo bien, puede que sí, que estemos ante una guerra de consecuencias muy graves. Una guerra mundial porque se extiende a lo largo del planeta; enfrentamientos civiles, en cualquier caso absurdos. Este mes, un seguidor de San Lorenzo murió horas antes de que su equipo se midiese a Vélez Sarsfield, en incidentes previos al partido. En 2008 ya un joven hincha de Vélez murió en la visita de su equipo al ‘Nuevo Gasómetro’. Un duelo de ida y vuelta. Narramos estas muertes como si nada. Pasa el tiempo y la violencia en torno al fútbol crece sin inquietarnos que sus actos no sean aislados e inconexos. La guerra es un camaleón y el fútbol, un disfraz.











