
Empujados por el rugido eterno de San Mamés, el Athletic Club logró de forma épica su clasificación para la finalísima de la Europa League que le medirá al Atlético de Madrid el próximo miércoles 9 de mayo en Bucarest. Corría el minuto 87, la eliminatoria estaba igualada (2-1 en la ida y 2-1 en esos momentos en la vuelta) y la prórroga asomaba. Pero entonces un balón colgado a la olla cayó en las botas de Ibai, que mareó a su marcador y cedió a Llorente, pluscuamperfecto, para marcar el 3-1.
Fue un encuentro inmenso del ariete rojiblanco. Participó en casi todos los ataques del Athletic y en todos los goles. Su actuación estelar estuvo a la altura de una semifinal escandalosamente entretenida y con final feliz para los de Marcelo Bielsa, que rayaron a un nivel eminente. Consiguieron darle la vuelta a un resultado en contra y ante un rival como el Sporting de Portugal que tras la victoria en Lisboa llegaban a La Catedral dispuestos a dar guerra y a punto estuvieron de liarla.

Si esto fuese un estadio de fútbol, bien serían ustedes los aficionados. Y dadas las discusiones que muchos mantienen en el blog —la mayoría sin puerto ni destino, todo hay que decirlo—, puede afirmarse que acaban ustedes a hostias virtuales de forma prácticamente diaria. Pues sepan, si eso a lo que muchos llaman debate llega a irritarme profundamente porque se convierte a menudo en un zafarrancho, cuánto pudo molestarme lo ocurrido el jueves en San Mamés. No porque sea del Athletic ni nada parecido, sino por dos cuestiones básicas.
Demasiado tarde despertó el Atlético en San Mamés, y, aunque lo hizo, la suerte volvió a mostrársele esquiva. Esa misma suerte que ayer optó por convertirse en madera y echarle una manita a Iraizoz, con quien se mostró más solidaria que nunca. El cuadro ahora entrenado por Quique Sánchez se llevó un tremendo palo en un campo difícil, pero que últimamente no se le daba nada mal. En realidad, no fue sólo un palo, sino tres, los que impidieron que Maxi, Forlán y Agüero saldasen las cuentas pendientes con ese final feliz que tan maldito se presenta. Eso es, el gol; el único injusto con los colchoneros, aquel que tantas veces le salvó se encaprichó esta vez con agrandar sus penas. Y fue injusto el gol, pues no se puede asegurar que también lo fuese el fútbol; eso es algo que aún le queda grande a este equipo.
Las dos últimas temporadas han sido muy duras para el Athletic Club Bilbao. Siempre cerca de las posiciones de descenso a segunda división, con tres presidentes en apenas tres temporadas y, lo que es peor, con una cierta sensación de pérdida de ilusión en lo que siempre ha representado este club.



