
No me pareció nada del otro mundo el partido que realizó el Valencia el sábado pasado ante el Barça. Con más contención que juego ofensivo, los de Unai Emery sacaron un punto al líder que bien pudo saber a victoria. Anoche, con un guión similar pero con un rival netamente inferior, el empate se antojó como un plato de ceniza. El dedo del presidente valencianista, Manuel Llorente, señaló en una única dirección: el entrenador. “No esperaba siete cambios en la alineación”, espetó. Con mucha razón, el técnico vasco contesta: “Para eso se hacen plantillas de 25, sino serían de 14”.
El problema reside cuando hay tal descompensación entre el once titular y el once reserva. Son dos Valencia muy diferentes, porque en el primero se hace fútbol y en el segundo se intenta. No es lo mismo ver como Maduro intenta distribuir el juego junto a Baraja, que ver a Banega ejerciendo esa papeleta. La altura del serbio Zigic no disculpa la ausencia del talento de Villa o Mata; y Pablo Hernández no imprime la misma velocidad y desborde con Míchel y Jordi Alba de acompañantes que junto al dueto asturiano. Evidentemente, no hay color.






