
Tiene 29 años, la edad donde muchos futbolistas disfrutan de la madurez futbolística. Esa edad en la que uno ya no es un crío, ya sabe de qué va la cosa y en la que ante las adversidades debe demostrar su experiencia. Sin embargo, y a pesar de que hace no tanto era por unanimidad el mejor futbolista del mundo, se arrastra por los terrenos de juego como el que espera con ansia colgar de una maldita vez unas botas que ya sólo pesan. Ronaldinho, el ‘Gaucho’, la felicidad personificada en su mejor etapa en el Barcelona, se apaga. Y lo que es peor, no se vislumbra ni un rayito de luz en su actitud.
Sólo esa melena al viento o esa inconfundible dentadura recuerdan lo que un día fue. De aquel fútbol, ese que deslumbró, ese que fue capaz de reinventar un Barça sumido en el abismo, ya sólo quedan las compilaciones de Youtube. Roza la utopía entender el por qué de su actual cuesta abajo, de su caída en picado. Cuesta concebir qué puede pasar por la cabeza de alguien que ha sido único y que ahora no hace el esfuerzo ni por ser uno más. Dicen aquellos que aseguran conocerle, que su estrella murió de éxito. Que el verse tan arriba le desbordó. Que la presión, año a año, pudo con él. Quienes no le conocen personalmente, como un servidor, piensa exactamente lo mismo.








Sin comerlo ni beberlo, el Inter de Milán ha pasado de tener un colchón de puntos con su más cercano perseguidor prácticamente insalvable, que le situaba de nuevo como único aspirante a revalidar el Scudetto, a estar con la soga al cuello, con una mínima ventaja de cuatro puntos sobre la Roma después del ‘carambolazo’ de este sábado: la Juventus la lió en San Siro y la Roma no perdonó ante el anteúltimo.

