
Cuando piensas en los mejores jugadores italianos, en las primeras espadas del fútbol transalpino, tanto de los de antes como los de ahora, en ese pensamiento, debe salir Alessandro Pinturicchio Del Piero. En una cultura futbolística en la que tradicionalmente ha prevalecido la supervivencia de la portería propia frente a la destrucción de la del contrario, donde el físico se ha antepuesto al toque, gente como Del Piero merece una mención especial.
Pues bien, si ese sitio de honor lo tiene en su país, el reconocimiento que tiene dentro de la Juventus de Turín es máximo. La conexión entre la Juve y Del Piero es una donación de alma recíproca. Los dos dan, reciben y agradecen el gesto de la otra parte. Así ha sido siempre. Pero ahora hay un problema, al gran capitán de la Vecchia Signora se le acaba el contrato. Y aquí empiezan los problemas. Porque la relación entre el jugador y el club está marcada por el amor y el compromiso, pero no todos los finales son felices.

Como todas las ligas, la italiana ya ha arrancado. Ha vuelto el calcio. Pero no el calcio en el que unos pocos mandan y el resto obedecen, en el que los árbitros dan asco y se amaña todo lo que se puede. Ya no existe el calcio en el que equipos tramposos empiezan con desventaja y sus plantillas se desmoronan. Ahora ha vuelto el fútbol italiano de verdad. El que todos queremos. Donde los grandes luchan hasta el final por el título, hacen fichajes de renombre y llegan lejos en Europa. Un calcio donde los pequeños dan guerra, cada vez se atreven más a atacar (con excepciones) y nos ofrecen gran cantidad de goles. 









