Cuando el 1958 iba a disputarse el Mundial en Suecia, la prensa escribió que había dos equipos seriamente mermados por dos inesperados y trágicos incidentes. Uno era Inglaterra, ya que sufría las consecuencias del desastre de Munich. El otro era la Unión Soviética por la caída en desgracia del que era llamado el Pelé ruso: Eduard Streltsov.
Eduard Streltsov sufrió las consecuencias de no acatar las decisiones impuestas por el politburó en la Unión Soviética y de ser considerado un peligroso rebelde, capaz de intoxicar a la juventud socialista con su imagen crápula y sus ansias de libertad. Tras negarse a dejar su equipo de toda la vida para unirse al CSKA o al Dynamo de Moscú por imperativo de la nomenklatura soviética, fue acusado de violación y enviado a un Gulag durante siete años cuando contaba sólo con 21 primaveras.
Streltsov jugaba de delantero centro y representaba una seria amenaza para todo aquel con quien se enfrentaba. Sobre todo destacan aquellos que lo vieron jugar que poseía una velocidad y una habilidad fuera de lo común, dominando todos los aspectos del fútbol ofensivo. Sus 24 goles en 38 partidos con la elástica soviética certifican esta calidad y el gran futuro que tenía por delante, dicen, como competidor con Pelé por la corona de rey del fútbol.



