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Superclásico

A ritmo de Tango: el Muñeco volvió a arañar al Pato

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Gol de Gallardo

Este fin de semana volvió a ganar Racing, tres victorias al hilo, algo casi surrealista, Vélez se hizo más líder, Lanús y Colón dieron pasos de gigante para instalarse en la zona noble y el San Lorenzo que a partir de ya coge Diego Pablo Simeone continuó con su negativa racha, cayendo goleado ante San Martín… Sin embargo, poco o nada importó todo eso cuando el domingo por la tarde Boca y River salieron a la Bombonera para disputar un nuevo superclásico.

Fue un superclásico en el que obviamente se echó de menos a Juan Román Riquelme, ausente por lesión. Decir que Boca no sabe jugar sin el diez quizás sea demasiado, aunque no es mentir, ciertamente. Al Xeneize le cuesta sin Román. En el plano táctico Ischia le ganó la partida a Gorosito, porque el tridente de Battaglia, Chávez y Vargas se impuso siempre a un River que hasta que tuvo el marcador en contra nunca fue a por el choque. La presencia local en el centro del campo fue neta y de hecho, cuando no tenían el cuero los bosteros tardaban poquísimo en recuperarlo. Sin embargo, faltaba ese último pase del enganche, Palacio comenzó bien pero se desinfló, Palermo se desfondaba para sus compañeros, pero se necesitaba el último toque de profundidad, porque a falta de Riquelme nadie jugaba para él. No había llegada clara de los locales por mucho que tuvieran el cuero y sólo el marchamo de gol del insaciable Palermo, que va a voler a la selección, con un zurdazo desde fuera del área espectacular, desequilibró la contienda ya en el segundo periodo. Parecía que el clásico se teñía de azul y oro pero entonces Gorosito reaccionó, sacó de la cancha a un inadvertido, la gran decepción sin duda, Fabbiani, poco después de darle la camiseta a Buonanotte por Bou. Y el Enano, con espacio arriba, no desaprovechó la oportunidad, él solito remontó el choque e incluso lo puso en bandeja para que se pudiera ganar, a pesar de que todo acabó en tablas. El gol millonario, no obstante, no corrió a cargo del menudo canterano de River sino de la única leyenda de Núñez que estaba en el verde, el último gran enganche junto con Román, Marcelo Gallardo, que ejecutó una falta maravillosa, batiendo a su viejo enemigo, el Pato Abbondanzieri.

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A ritmo de Tango: Riquelme brilla y hunde a River

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Riquelme celebra con Cáceres y Viatri

River se hunde. River no gana y es un primor. Está claro que algo se pudre en el Millonario, que con ocho puntos comparte farolillo rojo con Central en este sorprendente Apertura. Han sido muchas las derrotas en este torneo pero la de ayer fue especialmente dolorosa porque quien inflingió el castigo fue Boca. Efectivamente, el domingo pudimos disfrutar de un nuevo Superclásico, la gran fiesta del fútbol argentino… Y no decepcionó, porque Riquelme volvió a demostrar que cuando quiere es diferente, un iluminado con la bocha en los pies, una maravilla, el mejor enganche del planeta.

Fue el de ayer, el superclásico de la grandeza de Román, a pesar de que Paletta en defensa y Bataglia en la medular hicieron un partidazo. Pero fue, insisto, el superclásico para la exhibición y lucimiento personal del diez, que quiso dejar claro en el mismísimo Monumental quien es el diestro más descomunal que juega hoy por hoy en Argentina. River afrontaba el choque en malísimas condiciones pero en Boca tampoco pintaba muy bien la cosa, después del enfrentamiento público entre Cáceres y Riquelme. Pero una vez en el campo nada cuenta y el diez bostero sacó su mejor repertorio, todo un arsenal de pases y caricias al cuero… Y por supuesto le regaló un servicio ideal al joven Viatri para que hiciera el único y definitivo tanto de la victoria.

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Real Madrid - Barcelona: Sigue siendo el Superclásico

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Puyol y Van Nistelrooy

El Real Madrid vive aún la resaca de su flamante titulo liguero y el Barcelona ha empezado ya a pensar en la próxima temporada. Con este panorama, el Superclásico se ha convertido en uno de los más descafeinados de los últimos años. Sólo hace un par de temporadas que el Bernabéu se rendía al excelente juego del Barça de Ronaldinho. Mañana, serán los jugadores culés los que cumplan la tradición del dichoso “pasillo” a los madridistas, que ilustrará las desigualdades en las trayectorias de ambos equipos esta temporada.

De hecho, han querido convertir el morbo del pasillito en el único aliciente de este choque, pintándolo como esas humillaciones públicas a las que los terratenientes se vieron expuestos durante la Revolución Cultural de Mao. Se olvidan que el Real Madrid ya le hizo el pasillo al Barcelona en el Santiago Bernabeu hace unos cuantos años – al menos yo lo recuerdo, y creo que fue en la temporada 90-91 sin que el morbo fuera más allá de la curiosa imagen ni que nadie se rasgara las vestiduras – y que un Real Madrid-Barça siempre es un Superclásico: el típico partido que todos los jugadores quieren disputar, excepto Deco y Eto’o.

Incrustado en un miércoles, evidentemente no desatará las pasiones del partido de ida o los de la temporada pasada. Máxime cuando está por ver cómo han afectado las celebraciones al estado de forma de los madridistas y la presencia de un Barça seriamente mermado por las bajas. ¿Pero algún aficionado se lo querrá perder?

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A ritmo de Tango: el General Román puede con todo

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Riquelme

Si un campo de fútbol fuera un tablero de ajedrez, Juan Román Riquelme sería una especie de Kasparov porteño. No son tan diferentes el ruso y el argentino. Ambos son estrategas natos, ambos tienen una sangre fría inaudita a la hora de decidir, perciben lo imperceptible y, como los buenos generales, saben mover las piezas de juego con orden y concierto para derrotar al enemigo. Son sencillamente mentes privilegiadas, fenómenos en su especie, tipos únicos, verdaderamente genuinos. Ayer Román lo volvió a demostrar, una vez más.

Boca ganó el Superclásico ante River. No fue un partido bueno, aunque sí vibrante, como suele ocurrir en estos casos. Boca borró a River, no con buen fútbol, sino con lo que siempre fue Boca: garra, fiereza, mirada asesina de sus futbolistas en cada lance del juego, en cada esférico dividido, una actitud espartana muy parecida a la que Simeone siempre da a sus equipos, cosa que generalmente consigue. Pero ayer no. Ayer el Cholo no lo consiguió. River fue un corderito degollado de forma salvaje por los locales, que cantaron victoria casi tres años después ante su eterno rival, con una Bombonera que se vino abajo por momentos. El artífice del triunfo, a pesar de que no hiciera el encuentro de su vida, fue Riquelme, que evidenció que ante su mente maquiavélica no hay defensa que valga.

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Pepe lideró la impenetrable defensa madridista

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Pepe

Hacía mucho que el Real Madrid no tenía la seguridad defensiva de la que está gozando esta temporada. Ni siquiera el año pasado con Capello el equipo era tan rocoso como ahora. Se encajan menos goles que nunca y la forma de defender es de libro. La zaga se anticipa a los movimientos del rival en lugar de ir atrasándose y atrasándose hasta defender casi en el área pequeña, algo que en años anteriores era bastante común en un conjunto blanco que se caracterizaba por una pegada descomunal, pero una defensa sumamente frágil. Ahora la pegada sigue siendo enorme, y la defensa hace gala de una seguridad tremenda.

Ayer los de Bernd Schuster tenían una prueba de fuego en el Nou Camp. Los cuatro de atrás se medían a uno de los conjuntos europeos con más poderío ofensivo. Al final, la puerta de Casillas quedó a cero (a pesar de que tuvo 2 o 3 buenas intervenciones, hay que reconocer que los azulgrana no le dieron todo el trabajo que se esperaba ni mucho menos) logrando romper una racha escalofriante: hacía más de 50 partidos que el Barça no se quedaba con el marcador a cero en su propio estadio. Ese mérito hay que reconocérselo al Madrid.

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Mis recuerdos del clásico: Luis Figo

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Figo peseteroImagino que para quien como yo, que no soy ni del Madrid ni del Barça, el Superclásico es un partido para disfrutar, para esperar de él el mejor juego y cuantos más goles mejor, al margen de las predilecciones que uno puede tener en un momento determinado sobre uno u otro equipo. Por ello, cuando pienso en los clásicos que he vivido, me cuesta pensar en términos cualitiativos de mejor o peor, salvo cuando por juego o emoción unos brillan por encima de otros. El de la temporada pasada en el Camp Nou, por ejemplo, fue un gran encuentro. Ente los peores hay uno del que no quiero acordarme hacia el año 2002, que no sólo fue un tostón de partido sino que encima mis circunstancias personales en aquel momento eran penosas…

Pero hay una imagen de las tantas de los Madrid-Barça o de los Barça-Madrid que permanecen en mi mente, y es la de Luis Figo en su primer partido con la camiseta blanca en el Camp Nou. Cuando vi al portugués salir al campo entre un estruendo de silbidos, tapándose las orejas en tono irónico, recordé el tiempo que viví en Portugal, cuando Figo era aún uno de los jugadores más destacados del Barcelona.

Por aquel entonces, y aún ahora, Figo era poco menos que Dios en el país vecino. Nunca olvidaré cuando mientras estaba viendo en el canal público portugués un programa de variedades, interrumpieron su emisión de forma urgente para dar paso a un informativo de última hora. Pensé, “¿qué habrá pasado?”. Pues la super noticia era que Figo había llegado a un acuerdo para fichar…por el Inter (hablo del año 2000). El telediario portugués puso este rumor a la altura de noticia de alcance por la que había que interrumpir su programación. Lo curioso del caso es que Figo, años después, recalaría en el club neroazurro.

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Duelo de carácteres en la portería

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Valdés y Casillas

Numerosos son los enfrentamientos hombre por hombre que merece la pena analizar para el Superclásico del próximo domingo. Yo prefiero centrarme en la figura casi romántica de dos porteros hechos a sí mismos, dos canteranos que han conquistado su puesto pasando por encima de fichajes internacionales en clubes donde tarde o temprano van a parar los mejores jugadores del mundo, y que serán de los pocos que no quieran ver goles en el Superclásico…por lo menos en su portería. Casillas y Víctor Valdés son dos cancerberos con carácteres muy diferentes, pero con algo en común: una voluntad de hierro por defender los colores que han llevado toda la vida.

Ambos son de esos jugadores que me caen bien. A Casillas lo vi debutar con la selección Sub-20 en el partido contra Ghana, aquel en el que sustituyó al titular Aranzubia y se convirtió en el héroe de la tanda de penaltis que les dio el pase a semifinales y posteriormente a la consecución del campeonato. Podrían haber sido sus quince minutos de gloria, pero para Casillas fue sólo el inicio de una espectacular escalada hacia el estrellato mundial. También me gusta su carácter: parece un chico de barrio tranquilo y afable, pero que cuando se pone los guantes se siente como el general que manda sobre su defensa. Y durante todo el partido se le ve concentrado: un atributo imprescindible para cualquier portero.

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A ritmo de Tango: Superclásico de amiguetes

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Boca perdonó

De colegas, de buenos hermanos… Boca hizo de buen samaritano, se compadeció de su enemigo River, le perdonó la vida… ¿Para que vamos a meterle más? Ése fue el error de los locales en un Superclásico que una vez más no decepcionó. Nada más comenzar, con un inicio eléctrico, con una Bombonera a reventar, con un abrazo inicial entre Riquelme y Pasarella, quien saltó al campo con un paraguas con los colores del Millo… Sí, fue vibrante desde el principio. Los ingredientes estaban en la olla, todo a presión evidentemente. El caldo comenzó a hervir en el segundo 50, cuando Román le servía un servicio de oro a Ledesma y éste hacía el primero provocando el auténtico delirio de su gente, frotándose las manos con una goleada humillante. Pues va a ser que no, por propia voluntad, por absurdo que parezca.

Si en la previa se daba como favoritos a los locales, nada más comenzar la superioridad ya era aplastante. Con el 1-0 en el marcador y un Riquelme que hacía y deshacía a su antojo sin que Ponzio y Belluschi se enteraran de la película. Los bosteros sitiaban a su enemigo provocando la desesperación de los suyos que, impotentes, veían como un tremendo Carrizo no hacía más que lucirse. En el minuto once el meta de River había salvado dos clarísimas ocasiones a Palermo y Neri Cardozo. Era el héroe Carrizo, sacando también un remate a bocajarro de Palacio tras rechazar antes un disparo de Riquelme. Boca podía ganar 3-0 fácil y River daba señales de vida arriba por primera vez en el minuto 37. Increíble pero cierto.

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¿Dónde verá el Superclásico Maradona?

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Diego Maradon

“Creo que Maradona se cree un Dios y ese puede ser el origen de algunos de sus males”. Son declaraciones de Héctor Pezzella, director médico del sanatorio Güemes, donde ha estado ingresado el crack en las últimas semanas, que a buen seguro provocaron la dura crítica del Pelusa cuando le dieron de alta, pedida por él mismo, hacia dicho centro médico. Pues bien, parece que el barrilete cósmico se equivocó. Para desgracia de todos, este viernes de nuevo el mito de los mitos del fútbol argentino tuvo que ser ingresado de urgencia en un hospital de Ezeiza tras sufrir una descompensación. La salida del negro túnel que le tiene atrapado desde principios de los noventa sigue sin dar señales para Diego. En los últimos tiempos vio la luz por algunas grietas, pero parece que todavía no es suficiente. Y las afirmaciones de Pezella toman ahora más fuerza que nunca.

Los que lo conocen, y un servidor trata a muchos que lo trataron, afirman que Maradona era un tipo estupendo, siempre volcado con los demás. En cambio, todos coinciden en que nadie se le podía cruzar en su camino. Es decir, Diego siempre tuvo el piso liso para hacer lo que quiso. Es normal, ciertamente, si tenemos en cuenta de que este hombre en su país y en el Sur de Italia es lo más parecido a Dios. Idolatrado de todas las maneras posibles, con justicia, pues Diego consiguió con sus piernas y sus manos en un campo de fútbol lo que el ejército argentino no logró en las Malvinas y lo que la política italiana, siempre ninguneando al Sur, quiso evitar: el despertar social de la parte baja de la bota.

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El Superclásico de la pelota naranja

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Superclásico de la pelota naranja

Han sido mucho los Superclásicos que han quedado en la retina de los aficionados. Pero quizás hay uno que sobresalga por encima de todos. Situémonos en el 6 de abril de 1986. El River del joven Enzo Francescoli deslumbraba esa temporada con el uruguayo como máximo referente arriba. Un equipo en el que Nery Pumpido daba solidez en la portería y Oscar Ruggeri en la defensa, con un Beto Alonso todavía mortal en la última etapa de su carrera.

Era un día singular porque River visitaba la Bombonera tras haberse proclamado campeón una fecha anterior con la firme intención de ganar y dar la vuelta olímpica en el estadio de su archirival. El encuentro se había convertido en una cuestión de honor para Boca que quería amargar el triunfo a los millonarios y evitar que se lo restregaran en la cara. Los hinchas de River habían llenado de papelitos blancos el campo, de modo que el colegiado decidió que el encuentro se jugara con una pelota naranja. De ahí a que la contienda se recuerde con el sobrenombre del ‘Superclásico de la pelota naranja’.

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