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Partía como descafeinada, con un cúmulo de circunstancias en su contra que invitaban a pensar en un trámite para ambos equipos. Viendo la alineación de urgencias del Barcelona no cabía duda que la normalidad no era la palabra adecuada para definir la ida de la Supercopa de España entre los culés y el Sevilla, que se llevó la primera parte de la final con un merecido 3-1, obligando de esta manera a que los culés le den la vuelta dentro de una semana en el Camp Nou.
Pep Guardiola tiró de cuatro canteranos del filial en su once inicial. Y tras el primer acto, es digna de aplauso la actuación de Miño en la portería, Sergi Gómez en el centro de la zaga, y Oriol y Jonathan dos Santos en el centro del campo. Con los campeones del mundo viéndolo desde casa, al técnico no le quedó otra que darle la alternativa a los chavales, ajenos a su edad sobre el siempre impresionante coliseo hispalense, vestido de gala, como casi siempre, para las grandes ocasiones.
La apuesta por la cantera duró 45 minutos. O mejor: duró hasta que Antonio Álvarez sacó al terreno de juego a su particular as en la manga, el italiano Cigarini y al siempre letal Kanouté. La primera parte fue barcelonista y a los 20 minutos Ibrahimovic ya estrenaba el marcador. El sueco se aprovechó de un genial pase de Maxwell para marcar un tanto muy a su estilo. De paso, demostraba que tiene sitio en este Barça del que muchos quieren verle lejos. Para quien esto escribe, dejarle marchar sería una soberana estupidez, ya que la que este sábado ha comenzado puede ser la temporada de su redención.
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