
Doña Teresa Rivero, presidenta del Rayo Vallecano, también conocida como “La mujer de Ruiz-Mateos”, nunca ha sido santa de mi devoción. De hecho, viene perteneciendo a mi Club de Personajillos Nocivos para el Fútbol desde su fundación —otros socios ilustres son Villar, Lopera, Mendoza, Laporta o la familia Gil al completo—. Nunca he confiado en sus capacidades para dirigir un club como el Rayo, y siempre he tenido bastante claro que en el seno de la institución es poco más que un títere, la cara visible pero inoperativa de una organización que en realidad encabezan algunos de sus hijos.
Si algún día tuviera la posibilidad de entrevistarla, empezaría dándole una pizarra y un rotulador y le pediría que me explicase la regla del fuera de juego. No porque sea una mujer, nada que ver, simplemente es que, cada vez que la oigo, tengo más claro que de fútbol sabe lo que yo de ingeniería aeronáutica. Habla de fútbol como yo puedo hablar de un concierto de música clásica: me gustó-no me gustó, me divirtió-me aburrió, etc, pero no me pidas que profundice, porque no seré capaz de salir del mundo de los topicazos, al que ella recurre irremediablemente en todas y cada una de sus intervenciones como presidenta rayista.

A la relación entre Javier Irureta y el Real Betis Balompié, cada día que pasa se le añade nuevos toques de surrealismo. Es un matrimonio condenado al divorcio, y tarde o temprano llegará. Sólo hay que esperar a que desde el Betis se aten unos cuantos cabos, empezando por encontrar el sustituto adecuado para Irureta.

